Dónde se atasca realmente el proceso de facturación en una pyme
La factura en sí — el documento — se genera en minutos. Lo que consume horas es todo lo demás.
En la facturación emitida, el cuello de botella más habitual es el retraso en la emisión. El proyecto termina o el hito se cumple, pero la factura no se emite hasta que alguien tiene tiempo de prepararla, revisarla y enviarla. Cada día de retraso en la emisión es un día más en el plazo de cobro, que en muchas pymes ya es de 60 o 90 días.
En la facturación recibida, el problema está en la clasificación y el registro. Las facturas de proveedores llegan por email, por correo o por plataforma, en formatos distintos, y alguien tiene que abrirlas, leer los datos, clasificarlas y registrarlas en contabilidad o en el ERP. En una empresa que gestiona decenas o cientos de facturas al mes, esto solo ya ocupa horas semanales.
Y después está el seguimiento. Las facturas emitidas que no se cobran a tiempo no se persiguen solas. Alguien tiene que revisar qué está pendiente, enviar recordatorios, escalar cuando hay retraso, y actualizar el estado en el sistema. Cuando eso se hace a mano, se hacen tarde o directamente no se hacen.
El resultado es un proceso que funciona, pero que depende enteramente de que las personas correctas hagan las cosas correctas en el momento correcto. Y eso, con volumen, no escala.
